Hubo un tiempo en que las camas no se compraban, se heredaban.

Eran catres de bronce, altos y orgullosos, con barrotes fríos al amanecer y medallones dorados que guardaban el reflejo de la luz de la tarde.

Crujían un poco al sentarse, como si saludaran.

Debajo, el somier -ese entramado de tensos alambres rizados- era el corazón elástico de la casa.